¿Te interesa convertirte en inversionista social y contribuir a una buena causa? Descubre las pautas que te ayudarán a potenciar el impacto de tus esfuerzos.

Cada vez se habla más de voluntariados corporativos, servicios pro bono, campañas de donativos, participación en consejos y muchas iniciativas más orientadas a impulsar la profesionalización y el desarrollo de instituciones de beneficencia. 

Estos fenómenos no son nuevos, pero sí lo son las formas en la que los empresarios jóvenes desean colaborar.  

Inmersos en una cultura orientada a resultados, los inversionistas sociales esperan ver cómo es que su tiempo, talento o dinero realmente hacen una diferencia en la comunidad. 

La experiencia muestra que serán menos cada día las personas que organizan entregas de juguetes, útiles o cobijas en fechas especiales o sueltan algunas monedas en las esquinas.

Resulta evidente que este tipo de ayuda se traduce en una respuesta momentánea, lejana a la posibilidad de que el beneficiario desarrolle capacidades para tener una mejoría significativa en su calidad de vida. 

Entonces, ¿cómo ayudar?, ¿con cuánto?, ¿a quién? ¿Cómo asegurar que el apoyo se utilice bien? Aunque no existe una fórmula precisa, sí hay algunas pautas que pueden facilitar el proceso.

1. Elegir la causa 

La primera tarea es identificar qué necesidad o problema nos motiva a actuar; pensar un poco en qué situación “duele” más (y la respuesta será distinta para cada persona).

¿La pobreza?, ¿el abandono de los ancianos?, ¿la discriminación hacia personas con discapacidad?, ¿la violencia intrafamiliar?, ¿la contaminación?, ¿el maltrato de las mascotas?… 

2. Seleccionar el perfil de la institución

Una vez decidida la causa, elegir qué tipo de institución apoyar puede ser un poco más complejo. Salvo que se tenga contacto previo con alguna asociación, buscar opciones puede resultar abrumador pues existen un gran número de instituciones que trabajan para el mismo fin, con distintos enfoques y metodologías. 

Podría sugerirse entonces evaluar si la propia personalidad (como individuo u organización) se alineará mejor con una institución que recién empieza y tiene todo el ímpetu, o con una que ya tiene una sólida trayectoria. 

Preguntarse si es preferible sumarse a una que esté proponiendo una solución innovadora, pero no tiene todavía suficiente evidencia de su efectividad, o a la que puede demostrar el éxito de su programa. ¿A la que atiende a un número enorme de personas?, ¿o a la que tiene menor cobertura pero genera cambios de mayor profundidad? ¿En la que por su proximidad es posible tener contacto directo con el beneficiario? ¿O a la que trabaja en una región rural de difícil acceso? 

3. Asegurar la confiabilidad

Independientemente del perfil de organización, es muy importante destinar el apoyo a instituciones que cuentan con la solidez necesaria para hacer buen uso del apoyo recibido, sea que se trate de tiempo, conocimientos, dinero o cualquier combinación de estos tres. 

Esta evaluación puede hacerse directamente, a través de entrevistas, visitas y búsqueda de referencias, o solicitando una carta-constancia como Donataria Autorizada emitida por el SAT o la Junta de Beneficencia Privada de la entidad.

También puede hacerse vía Internet, revisando la calificación alcanzada por las instituciones en la página de Confío, organización miembro del International Committee on Fundraising Organizations que evalúa 36 indicadores en materia de transparencia, gobernanza e institucionalidad. 

4. Decidir con qué recursos apoyar

Es evidente que para todas las instituciones de beneficencia el recurso más escaso y con mayor efecto es el dinero; por ello, la primera forma de ayudar es otorgando un donativo.  

En México, el SAT permite deducir hasta el 7% de los ingresos acumulables de las personas morales y el mismo porcentaje de la utilidad fiscal en las personas físicas (a juicio de muchos, resulta preferible usarlo para apoyar a personas en condiciones vulnerables que pagarlo como impuestos destinados a gasto gubernamental).  

En el mes de septiembre se puede hacer una previsión de la próxima declaración anual y con eso en mente destinar un monto alrededor del 7% que se puede deducir.

Es importante tomar en cuenta que el donativo debe otorgarse en el mismo periodo fiscal, aunque la declaración se presente al SAT hasta el mes de abril o mayo del año siguiente. La institución receptora deberá emitir y hacer llegar el recibo deducible correspondiente. 

Además de dinero, las organizaciones agradecen recibir donativos en especie (solo hay que investigar qué necesitan y evitar la tentación de pensar que porque son instituciones de beneficencia necesitan de nuestros desechos). 

Siempre hay que preguntar si lo que pensamos dar les será útil y si tienen políticas de aceptación de donativos para asegurar que lo que vamos a entregar no les generará un costo o problema, en lugar de un beneficio.  

Otra forma muy valiosa de apoyar es a través de los conocimientos; por ejemplo, otorgando servicios profesionales pro bono (legales, financieros, de mercadotecnia, recursos humanos, etc.).

Sin embargo, antes de ofrecer este tipo de apoyo, es importante medir la capacidad y reconocer el alcance posible, pues debe traducirse en una mejora de la institución beneficiada y, obviamente, llevarse a cabo con el mismo profesionalismo y responsabilidad con que se desempeñaría en caso de que fuese pagado. También aquí es importante preguntar qué tipo de servicios serían de utilidad y permitir a la Institución tomar el rol de “cliente”.  

Los conocimientos también pueden agregar valor a través de la participación regular en el Consejo de la Institución. Sin embargo, este proceso es selectivo –cada institución tiene su propia normatividad para la elección de sus consejeros.  

Por último, los voluntariados constituyen un respaldo invaluable. De acuerdo al tipo de institución se pueden desarrollar diversas acciones: habilitación o remodelaciones de infraestructura, organización de eventos, trabajo directo con los beneficiarios, preparación de materiales, acopio de insumos, etc. En algunos casos, el trabajo voluntario puede ser tan valioso, que se hace imprescindible para el cumplimiento de la misión.

5. Poner manos a la obra

Finalmente, una vez que se ha decidido a quién y con qué ayudar, hay que establecer contacto y acordar los términos del apoyo.

Tanto si se trata de recursos monetarios como humanos, el acuerdo de la ayuda que se dará y lo que se espera de la institución, debe quedar claro y ser satisfactorio para todos los involucrados a fin de evitar desilusiones provenientes de malos entendidos o expectativas no aclaradas. 

Al final, conviene recordar que más que ayudar a una Institución, el apoyo está dirigido a solucionar un problema o transformar la vida de los beneficiarios. 

Por ello, la organización debe ser detonante de cambios que se posibilitan por el apoyo que recibe de personas generosas y comprometidas de la comunidad.  

Y –por supuesto- velar por la confianza y establecer relaciones de largo plazo y mutuo beneficio, haciendo uso profesional y efectivo de todos y cada uno de los recursos que le son otorgados para cumplir con su misión.